7 de diciembre de 2012

LBm Crónica: The Black Keys. Madrid

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Harmonica Frank Lloyd nunca fue famoso. Compartía con Little Richard el delirio. Cantaba como un borracho arando tras la mula. Grabó singles que nunca despegaron para Chess Record y Sun Records meses antes que Elvis Presley. Decía “la primera vez que toqué rock and roll nunca antes había oído a nadie hacer esto, estoy seguro de que fui quien lo originó”. 

Se definía como un gato que aúlla a veces, soplaba dos armónicas a la vez, otras veces tocaba una y cantaba con la otra mitad. Su sentido de la libertad es de un tiempo salvaje, ajeno al mundo moderno, que predicó en sus canciones sobre trenes, whisky ilegal, buscadores de oro y campos de algodón. Sin el Antiguo Testamento no se puede entender el Nuevo.


"Teen Spirit: De viaje por el pop independiente"

 Miguel Martínez




Hemos de decir que, por un lado The Black Keys es puro rock: dúo de Ohio, batería, guitarra, crudeza sin artificios y sin arreglos, energía primogénita, música de raíces que nos lleva a la tradición blues rock y la revisión de su lenguaje pasada por el filtro del corazón de América. Por otro lado, una banda de hits, con un supremo álbum lleno de canciones, "El Camino", que culmina (por ahora) una extensa carrera con otros 6 largos en su haber. 

La principal pregunta que nos hacíamos todos era si su propuesta sería viable en un entorno tan mastodóntico como es el Palacio de los Deportes. Dos instrumentos versus 15.000 pares de oídos, además del asunto estilístico, ya que como casi todos sabemos, y el que no que tome nota, estos conciertos llegan más en salas más pequeñas. Aun así, no tendremos por ahora opción, a menos que decidan tocar cincuenta días en la sala Joy, así que vamos a centrarnos en lo que aconteció el pasado miércoles en Madrid.


Howling For You y Next Girl dieron comienzo al espectáculo. Dos temas de su disco "Brothers" que sirvieron para calentar las válvulas de sus amplificadores. Poco después sonaría Gold On The Ceiling, que fue un tema tremendamente celebrado a pesar de las imperfecciones rítmicas por parte de Patrick y los accidentados solos, que vertían las notas a trompicones. Entonces ya sí comenzó la magia y Derrick anunció que, a pesar de que veíamos a cuatro músicos en escena, The Black Keys son solo dos personas y una vez que se quedaron solos hicieron crujir los cimientos del Palacio. 

El sonido de la guitarra era un auténtico aullido, un crepitar de madera, que exudaba bilis. Cada nota caía como un yunque y cada riff te hacía apretar los dientes de manera que no podías evitar mirar a tu acompañante y dejar de sonreír. Con la batería al borde del escenario y la guitarra escupiendo fuego pudimos ver de lo que son auténticamente capaces los de Ohio y asegurarnos de que sus raíces son profundas y están ancladas en el blues del delta del Mississippi y el rock and roll.

Después de Thickfreakness y Ten Cent Pistol llegaron los hits. Tighten Up  y Lonely Boy nos devolvieron a la realidad y transformaron el blues garajero en rock tolerable por oído indie, sin aristas y contagioso. Era momento de tomarse un respiro y dejar el escenario. Al volver, dos grandes bolas funky hicieron que el fulgor de las luces que reflejaban sus espejos convirtieran la pista en una discoteca muy 70’s, que recordaba a las discos de patines o a una deprimente fiesta de fin de curso made in USA para tocar Everlasting Light. Y con I Got Mine, cerraron la lista y abandonaron la sala para descontento de muchos que acusaron la brevedad del concierto.

Cierto es que el éxito del dúo estadounidense se basa en sus grandes canciones y en cómo han adaptado el lenguaje blues-garage al universo indie. Prueba de ello son sus dos últimos discos, grandes trabajos y, aunque personalmente disfruté y mucho del concierto, en los momentos de mayor intensidad fue cuando mostraron su cara menos adúltera y auténtica. No sé lo que pensaría Harmónica Lloyd de estos chavales ni si estaría satisfecho u orgulloso, pero lo que sí puedo asegurar es que su legado sigue vivo en esta generación.