9 de septiembre de 2013

Le Big Fest, Good Vibrations. Biarritz 2013.


Existe un lugar en el sur de Francia, oasis de tranquilidad, sol, paisajes y surf, donde el olor del mar se une con el de la buena mesa, mezcla de glamour y pies descalzos, de castillos de aristócratas y longboards, donde las horas pasan parsimoniosamente y el tiempo se te escapa de las manos. Es en ese lugar donde se celebra uno de los festivales más atípicos y a la vez de los más importantes de tierras galas: Biarritz.


Esta localidad costera es tanto un refugio para los veraneantes franceses de alto standing, como un reclamo para los surfistas de todo el mundo, ya que aquí se celebra una prueba del circuito mundial de surf. Desde que el emperador Napoleón III construyó su castillo en las dunas de "Lou Sablacant" ha sido reclamo de ilustres veraneantes hasta nuestros días. Ese palacio se convirtió tras la muerte de Napoleón en el hotel casino Paláis en 1881, desde los Romanoff y Stravinski hasta Kelly Slater y un servidor (salvando las distancias).

En un entorno tan glamuroso no podía faltar un no menos glamuroso festival en el que, como en un circo decimonónico, contamos con tres pistas diferentes, es decir, tres entornos en los que se desarrolla la actividad con tres horarios y tres propuestas musicales dispares:

Le Big Village: un oasis en plena Grand Plage (la playa principal de Biarritz), en el que dispones de tiendas, chill out, coctelería, escuela de surf, escenario de conciertos de tarde y djs, sesiones y taller de customización de motos, así como clases de yoga.
Le Big Live: en el estadio Aguilera, un campo de rugby con gradas y pista habilitada para los grandes conciertos desde las siete de la tarde hasta las dos de la mañana, donde, entre otros, tocó el señor Neil Young, Jonathan Wilson, Wu-Tang Clan y Two Door Cinema Club.

Le Big Boîte: una discoteca cerca de la estación de trenes con djs desde las dos a las siete de la mañana, donde volarse el peluquín con los infalibles Zombie Kids.


Como primer detalle diferenciador, en las barras, además de la consabida y universal cerveza, podemos contar con vino blanco, rosado y tinto así como champagne (con su consabida copa). La selección gastronómica también resulta, aunque exigua, algo más sofisticada que la ibérica, brillando por su ausencia el bocadillo de salchichón... (LOL).


A pesar del ecléctico cartel, la repartición de los días seguía un patrón etario similar, a excepción de la amalgama estilística del sábado. El jueves nos presentamos en el recinto con la presencia de una multitud de cuarentones con camisetas de Crazy Horse, donde los españoles éramos mayoría, ya que el "vetusto Young" no marcó en su calendario ninguna fecha en nuestra geografía.

La tarde empezó con un telonero que resultó más que apropiado: John Berkhout, banda de la que ya os hablamos recientemente, cuajó un concierto en el que los bucólicos sonidos de Fleet Foxes y Simon & Garfunkel cogieron reminiscencias de la montaña vasca para hacerlo suyo. A pesar de lo oportunista de la propuesta (según se pueda pensar), la calidad de la interpretación, las armonías vocales y la precisión y cariño con el que desarrollaron los temas los hizo merecedores de una ovación.

Jonathan Wilson, por otro lado, hizo un concierto bastante diferente a lo que nos tiene acostumbrados. Con un cierto aire de estrella del rock sureño de los 70 presentó una propuesta con más artificio que intimidad, relegando las atmósferas que pudimos ver en 2012 como telonero de Wilco en el Circo Price de Madrid a escasos momentos como Desert Raven o Gentle Spirit y jugando a la jam session y la improvisación psicodélica. Quizá la luz solar y el espacio abierto no fueron sus mejores aliados. Aun así, nos pareció una propuesta un poco vacía.

Gary Clark Jr. irrumpió en el escenario con su blues incendiario, jugando con el rock, el funk, la psicodelia, pero con el sonido del delta del Mississippi como timón de su barco, teniendo en cuenta que se cita como referencia suya a Steve Ray Vaughan y a Hendrix, además de que interpretó Thrid Stone from the Sun, de Jimi y Bright Lights, Big City de otro Jimmy: Jimmy Reed.
Gary Clark Jr.

Su propuesta me pareció algo exigua, falta de recurso y de punch. Su blues es excesivamente blanco a pesar de ser negro como el tizón y su sonido dista mucho de estos dos monstruos de la guitarra. Con menos expectativas nos hubiéramos divertido más.


Neil Young.
Se avecinaba ya lo que todos esperábamos impacientes: la aparición del dinosaurio Neil, con sus compinches. Entre la masa de espectadores se presagiaba lo que más tarde se confirmaría como otra noche gloriosa para el canadiense.

Desde las primeras notas, sus faraónicas construcciones de riffs de guitarra inundaron el aire con un sonido marrón que hilvanaba los solos de guitarra, tejiendo un magma sónico que fue una constante durante las dos horas y media que duró el show. Young sacó su garra más rockera para, con las Paul en mano, agitar la caja de los truenos. Su hilo de voz se interrumpía constantemente por improvisaciones sobre la base tejida por guitarra, bajo y batería, demostrando la altura de esta leyenda del rock.

A pesar de que cierto sector del público se quejó de que no tocara nada anterior a Harvest (1972), Young tuvo varios detalles con el respetable, como tocar en acústico A man need his maid, o Blowing in the Wind de Dylan y acabar el concierto con Rockin' in the Free World y Hey Hey, My My. Un formalismo para los fans más populistas.

Aunque yo me quedo con la imagen de ese venerable rockero medio indio, medio vaquero, cabalgando su caballo desbocado. Neil Young & Crazy Horse, un concierto para el recuerdo.


El segundo día del festival se intuía más juvenil. Orelsan, con su hip hop de extrarradio reivindicó un hueco para el rap en francés, que se considera el segundo mas prolífico después del narrado en la lengua de Shakespeare. Aunque se quedó en una propuesta un poco teenager, a pesar de su interpretación con banda en vivo.

Después de la decepción a medias que tuve con los neoyorkinos Wu-Tang Clan en el Primavera Sound, poco esperaba de esta formación. Aun así, el mayor rodaje en directo y sin ningún tipo de duda, la incorporación de METHOD MAN (merece mayúsculas) y Ghostface Killah, que convirtió a esta panda errática en una máquina de flow. Desde Shame On a Nigga a Gravel Pit no bajaron el ritmo. Y, a pesar de ser una banda de zidanes y pavones, como ya dijimos en la crítica del Primavera, firmaron un buen show.

Wu-Tang Clan.

Por último, los italianos The Bloody Beetroots hicieron de su electropunk un arma arrojadiza y pusieron a bailar a los que se quedaron tras los Wu-Tang. Un concierto espectacular en cuanto a acción y puesta en escena, donde se dejaron la piel en el escenario. Aunque sus recursos se quedaron cortos a mitad de show, la idea era razonablamente buena, a pesar de no tener la calidad de otros compañeros de estilo, como Crystal Castles.

El tercer día presentó un cartel de lo más variopinto. La organización, sorprendentemente catastrófica, nos jugó una mala pasada al no marcar los horarios de los conciertos, motivo por el cual Two Door Cinema Club tocó a primera hora de la tarde, así que únicamente pudimos escuchar los dos últimos bises, sus dos singles y ver salir a una masa de púberes indies satisfechos.

George Clinton and Parliament Funkadelic.
George Clinton, pese a no ser cabeza de cartel, fue el gran reclamo de la noche y se presentó de gala,
con toda la familia Funkadelic Parliament, este precursor, aunque no inventó el funk, le dio una dimensión diferente. Empezaron con Flashlight, de Funkadelic 1977.

En el escenario empezaba a salir gente sin parar, hasta 18 personas entre músicos, coristas y entertainers, que dieron al espectáculo características circenses. Aunque el aforo era escaso y llovía, el público asistente se entregó y se mostró fiel. A George, los años (lleva casi 40 de carrera), le pesan y cedía el puesto a su sobrino, que rapeó un tema. La nota cómica fue la versión de Crazy de Gnarls Barkley. Aun así, un directo divertido, aunque corto.

Por último, Breakbot hizo una sesión de electrónica puramente francesa, perfilada y llena de melodías y vocoders que gustó a unos y echó a otros. Un tanto fría por momentos, aunque poco más se le podía pedir ante un público tan dispar.

A pesar de los tres días de festival, el domingo, antes de partir a Bilbao a coger el avión, aun pudimos aprovechar para surfear en una preciosa mañana de verano y en un marco inmejorable, mientras una veintena de personas hacían yoga en la village. Y, aunque ya sobrevolaba la nostalgia del Big Fest 2013, todavía se servían zumos de frutas y se descansaba en los cojines del chill out. Eso es exactamente el Big Fest, pura vida.


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